Emociones (I): una larga trayectoria de estudio

By Juan Carlos López - 21:29


<<El hombre pertenece a la más emocional de todas las especies>> 

Donald Hebb. Psicólogo

(Considerado el padre de la Psicobiología)


Qué duda cabe que en los últimos años se han puesto de moda las emociones. Hemos pasado de una sociedad que casi las ignoraba a convertirlas una deidad que es la base fundamental de la realización personal y la búsqueda de la felicidad. Las redes sociales, con el postureo, imágenes y frases de Mr Wonderful, los libros de autoayuda que se convierten en superventas, los gurús y coaches con sus charlas motivacionales y vídeos inspiradores, los cursos breves de inteligencia emocional y mindfulness para enseñarte a gestionar tus emociones de forma fácil, divertida y para siempre (como los de inglés), merchandising de la felicidad (tazas, camisetas, cuadros,...), cuentos y películas sobre las emociones para niños y no tan niños,... Cualquier revista, diario, canal de televisión o radio, tiene que dar un espacio periódicamente a las emociones para saciar la necesidad social sobre el tema. Parece que todo lo han invadido las emociones, incluso el mundo educativo, sanitario y laboral. Desde antes de que se pusieran de moda parecen haber sido algo totalmente desconocido para el ser humano o, como mucho, desde que Daniel Goleman nos abriera los ojos de par en par, como una luz cegadora, a un universo de nuevas experiencias. Todo el mundo tiene entre sus expresiones cotidianas eso de tener más o menos inteligencia emocional, que para aprender hay que emocionarse; o términos más sofisticados como sistema límbico, serotonina o amígdala, ya forman parte del acervo popular en la misma medida o más que coronavirus, inflación, cociente de inteligencia, 5G, crianza respetuosa o falso nueve, por poner algunos términos de ámbitos tan variados. Este batiburrillo de conceptos psicológicos que calan en la sociedad y se ponen de moda en boca de todos, es lo que se denomina psicología popular (pop psychology), una especie de psicología de andar por casa, que tanto daño hace, y que tan poco o nada tiene que ver con la psicología rigurosa.

Ante descomunal cacao, sin ningún afán de dar lecciones a nadie, con la esperanza de que pueda satisfacer la curiosidad del que la tenga, e invitarle a buscar más allá del ruido de fondo del positivismo empalagoso, intento a continuación exponer algunas ideas básicas sobre las emociones, así como los intentos de explicaciones de los investigadores más destacados sobre el tema. La entrada es larga; pero el tema es complejo y lleva muchísimos años estudiándose. Muchos más de lo que se piensa.

¿Qué es una emoción?

<<Los científicos no han podido ponerse de acuerdo al definir las emociones. Por desgracia, puede que una de las cosas más significativas que se han dicho de ellas es que todos saben qué son hasta que se les pide que las definan>> 

Joseph LeDoux

Definir de forma precisa qué es una emoción no es nada sencillo, aunque a priori pueda parecerlo, ya que es fácil caer en el error de confundirse con otros conceptos relacionados como los sentimientos o el estado de ánimo. Las emociones son procesos neurológicos y cognitivos que responden a las demandas del entorno, influyendo en nuestra conducta y que, de alguna forma, incrementan las posibilidades de supervivencia y reproducción. Las emociones conllevan cambios en diferentes sistemas de respuesta (fisiológico, conductual, cognitivo,...), que se disparan ante un objeto, pudiendo ser innatas o aprendidas, que pueden conllevar valoraciones del significado de los estímulos, y que dependen de diferentes sistemas neuronales.

La mayoría de los psicólogos están de acuerdo en que las respuestas emocionales tienen tres componentes: la reacción fisiológica al estímulo, la respuesta conductual y la experiencia subjetiva (poner nombre y describir esa respuesta emocional en un contexto determinado).

Con el afán de dar orden y uniformidad, los investigadores se han centrado en dos categorías principales (Gazzaniga, Ivry y Magnum, 2014):

  • Emociones básicas: son innatas y similares en todos los humanos y muchos animales. Son producto de la evolución, cada una tiene unas características únicas y se reflejan a través de expresiones faciales.
  • Emociones complejas: suponen combinaciones de las emociones básicas. Son aprendidas social y culturalmente. Se pueden identificar como un sentimiento evolucionado y duradero.
Además, hay que atender a la dimensión de la emoción, como la valencia (positiva o negativa, placentera o desagradable) y el arousal o activación, en reacción a un evento o estímulo.

Existen diferentes clasificaciones de las emociones; pero las más extendida es la de considerar como emociones básicas o primarias alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa y asco (aunque algunos autores tienen ideas diferentes respecto a algunas de ellas); y como complejas o sociales enamoramiento, celos, orgullo, empatía, envidia, culpa y vergüenza, aunque este último grupo varía más dependiendo de las líneas de investigación existentes.

Hay que diferenciar cuatro conceptos dentro del estudio emocional:

  • Afecto. Es el nivel más primitivo, innato e inespecífico. Es muy duradero. Valencia e intensidad.
  • Humor. Es más específico que el afecto; pero menos que la emoción. Dura días o semanas. No suele estar asociado a un evento concreto. Creencia o expectativa de la persona de la probabilidad de sentir placer o displacer. También se le denomina estado de ánimo, timia o tono emocional. Son positivos o negativos (valencia).
  • Emoción. Breve, más limitada en el tiempo y más intensa que el humor. Asociada a un estímulo o evento concreto. Cruciales para adaptarnos a eventos y circunstancias que tienen relevancia para nuestro bienestar.
  • Sentimiento. Toma de conciencia de la emoción. La persona sabe lo que está experimentando, le pone una etiqueta y le da un significado. Está basado en la experiencia previa, el conocimiento y el contexto.
Algunos autores añaden además otros conceptos que dicen que hay que diferenciar de las emociones como (Scherer, 2005):

  • Preferencias. Juicios evaluativos estables sobre lo agradable y desagradable que resulta algo o alguien, o sobre una predilección relativa.
  • Actitudes. Creencias y predisposiciones duraderas sobre objetos, eventos, personas o grupos que configuran el modo de relacionarse con ellos.
  • Disposiciones afectivas.  Tendencia de una persona para experimentar frecuentemente un estado de ánimo o para reaccionar con ciertos tipos de emoción en determinadas situaciones.
  • Estado de ánimo, que ya hemos definido antes.
Estos elementos emocionales pueden ser reconducidos con relativa facilidad dentro de las demandas y restricciones de una situación.

Antecedentes en el estudio de las emociones

El estudio de las emociones no es algo que se inició a partir del libro Inteligencia Emocional de Daniel Goleman, sino que lleva haciéndose desde la Grecia Clásica y, muy posiblemente, desde los orígenes de la humanidad. De hecho, el libro de Goleman, no es ni de cerca un referente en el estudio de las emociones, siendo criticado muy duramente por una buena parte de los especialistas en la materia.

Los clásicos helenos consideraban la razón en un estatus superior al de la emoción, como dos dimensiones antagónicas, debiendo la razón controlar las pasiones más básicas y animales (racionalismo). Platón dividió la mente o alma en dominios: cognitivo (alma-razón), apetitivo (apetito) y afectivo (espíritu), lo que equivale a la cognición, motivación y emoción. Sin embargo, Aristóteles consideraba las dimensiones racional e irracional como una sola, dándoles a las emociones una condición cuasiracional. Considera que las emociones conllevan elementos racionales como creencias y expectativas. Anatómicamente, Aristóteles, situaba las emociones en el corazón. 

Posteriormente, en la Antigua Roma, Galeno, gran anatomista, situó en el cerebro la inteligencia y el espíritu, atribuyéndole a los ventrículos cerebrales la función emocional. 

En la Edad Media, por la influencia religiosa, las emociones se relacionaron con las pasiones y sus pecados. Ya en el Renacimiento, Leonardo Da Vinci hizo grandes contribuciones a la neuronatomía, situando en el cerebro las funciones mentales. Algo más tarde, en el Renacimiento español, destacan autores como Luís Vives, patrón de la Psicología, que atribuye a las pasiones la capacidad de motivar e influir sobre las percepciones sensoriales y el comportamiento, considerándose un precursor de la visión cognitiva del estudio de las emociones. En la expansión de estos conocimientos influyó decisivamente el desarrollo de la imprenta. 

En el SXVI, los manuales de neuroanatomía de Andrés Vesalio, supusieron los más avanzados y rigurosos desde Galeno. La revolución científica que supuso el período entre el SXVII y el SXVIII, en la que monarcas patrocinaban la investigación para el avance de sus naciones, se produjo también un considerable avance en el estudio del sistema nervioso, especialmente favorecido por los conocimientos en química, que retardaban la putrefacción de los cadáveres, permitiendo especular acerca de la biología molecular de los sistemas cerebrales responsables de las emociones. Destaca la figura del gran filósofo natural (médico) británico Thomas Willis, que en su obra "Cerebri Anatome", reflejaría su ingente trabajo neuroanatómico por el que sería reconocido como padre de la neurología. Entre otras cosas entre las que destacó, se le atribuye el término límbico, que está asociado ineludiblemente a las emociones. Por otra parte, René Descartes, con su dualismo mente-cuerpo, que tuvo una gran influencia, consideraba las emociones automáticas y propias de la conducta animal. Las emociones son el fruto de la interacción entre el alma y el cuerpo. Descartes distinguía seis emociones primitivas: la admiración, el amor, el odio, el deseo, la alegría y la tristeza. El racionalista Benito Spinoza, consideraba las emociones como pensamientos erróneos que nos hacen entender equivocadamente el mundo, produciendo displacer. Creía que eran 15 las pasiones "básicas": la codicia, la envidia, los celos, el orgullo, la humildad, la ambición, la venganza, la avaricia, el trabajo, la pereza, el deseo, el amor pasional, el paternal y el filial y, finalmente, el odio. Planteó que una emoción sólo puede ser contrarrestada por otra emoción contraria y de más intensidad. El empirismo inglés rompe con los esquemas anteriores, y con autores como Hobbes, Hume o Locke, pasa a afirmarse que la conducta está motivada por la búsqueda de placer y evitación del dolor, que la asociación entre estímulos y respuestas son la base del aprendizaje, y apuntan a la posibilidad del estudio científico de las emociones. Por su parte, Kant, continua manteniendo la distinción entre razón e inclinaciones (emociones), considerando estas últimas disruptivas para la razón. 

La profesionalización de los científicos en el S.XIX, bajo la promoción y financiación política de los gobiernos de las grandes potencias, supuso un espaldarazo en la investigación científica del cerebro. Los avances en cirugía, fisiología, microbiología, anestesia, disección, y figuras de la talla de Ramón y Cajal, hicieron que la neurología se desarrollara como una especialidad con entidad propia. Hay que recordar también, la influencia que tuvo la frenología de Francis Gall, como primer intento de establecer la localización cerebral de las diferentes funciones cognitivas, entre ellas las emociones. Es en el SXIX cuando la Psicología, inspirándose en los métodos de la Fisiología, se separa de la Filosofía, pasando del pensamiento especulativo al estudio experimental de la conducta de los organismos en su entorno.


El estudio científico de las emociones

Centrándonos en el estudio científico de las emociones, en muchos manuales se menciona a Charles Darwin, como el primero que, en 1872, explica cómo, tras percibir un estímulo emotivo, se producen una serie de cambios corporales, y lo que sentimos como consecuencia de estos cambios sería la emoción. La expresión emocional no es algo aprendido en su totalidad, sino fruto de una programación evolutiva biológica. Además, establece ocho emociones básicas (alegría, miedo, malestar, sorpresa, interés, rabia, disgusto y vergüenza), que se observan tanto en animales como en el ser humano, siendo la expresión facial y corporal los medios primarios de dicha manifestación emocional (Darwin, 1872). Sus ideas fueron rechazadas en su tiempo, ya que en esa época se consideraban las emociones como un instinto animal y se creía que el ser humano se regía exclusivamente por el razonamiento consciente. Sin embargo, su influencia evolucionista ha llegado hasta nuestros días (teorías neodarwinistas). De hecho, Charles Darwin proporcionó la inspiración para el enfoque de la emoción básica; pero muchas de sus suposiciones centrales atribuidas a Darwin fueron formadas por interpretaciones de teóricos posteriores como John Dewey, Floyd Allport o John Watson (Gendrom y Barret, 2009). Años más tarde, Psicólogos como Paul Ekman, Carroll Izard, Robert Plutchik o Silvan Tomkins siguen las ideas evolucionistas.

Las ideas principales del evolucionismo son:

  • Las emociones son reacciones adaptativas que posibilitan la supervivencia.
  • Son heredadas filogenéticamente y expresadas ontogenéticamente bajo procesos madurativos neurológicos.
  • Poseen bases expresivas y motoras propias.
  • Son universales, es decir, compartidas por todas las personas de diferentes culturas. Son universales tanto en la expresión como en el reconocimiento.
  • Existe un número de emociones básicas determinado.
  • Cada emoción tiene aparejada un estado cognitivo cualitativo propio.

Sin embargo, años antes, en 1855, el filósofo y psicólogo Herbert Spencer, en su libro Principios de Psicología, en el que explora una base fisiológica para la Psicología mediante la aplicación de las leyes naturales, articuló dos principios fundamentales que se convertirían en el enfoque construccionista psicológico de la emoción. Primero, argumentó que la clase de estados mentales a los que las personas se refieren como "emoción" no es diferente en tipo de la clase de estados a los que las personas se refieren como "cognición", aunque las personas los experimenten como tales. En cambio, la emoción y la cognición difieren en su énfasis en ciertos contenidos mentales. Ningún acto de cognición puede ser absolutamente libre de emoción y ninguna emoción puede estar absolutamente libre de cognición. Segundo, argumentó que la emoción y la cognición surgen de las mismas causas o “de la misma raíz por el mismo proceso”. Un estado mental actual experimentado como emoción siempre implica representaciones mentales de experiencias pasadas (memoria).

Poco después de Darwin, dos psicólogos de manera independiente, Williams James (1884), y Carl Lange (1885), reafirman la estrecha relación existente entre los cambios fisiológicos y la expresión emocional, dando lugar a la conocida como Teoría de James-Lange. Ambos autores, cada uno por su lado, indican que la percepción de la emoción depende de las respuestas corporales que presenta el sujeto tras un estímulo (propiocepción de la respuesta fisiológica). Así, un estímulo provocaría una respuesta fisiológica (ej. aceleración del corazón y la respiración), y después se produciría la emoción, Para estos autores, las respuestas fisiológicas serían diferentes para cada emoción. Es célebre para cualquiera que haya estado en una Facultad de Psicología la frase <<Me pongo triste cuando lloro, en vez de lloro porque me siento triste>>, que resume gráficamente esta teoría. Por cierto, Williams James acuñó el término affective neuroscience.

En 1896, Wilhelm Wundt, el padre de la psicología científica, planteó un sistema afectivo de tres dimensiones o ejes formados por aspectos primarios y polares de la vida afectiva: un eje excitación-calma, otro de placer-dolor y el tercero de tensión-alivio (Díaz y Flores, 2001).

Muchos años después, el médico español Gregorio Marañón (1924) supone el iniciador de las teorías que relacionan la actividad fisiológica y los procesos cognitivos. Sostiene que la reacción fisiológica es una condición necesaria; pero no suficiente para que se produzca una reacción emocional, siendo necesario que entren en juego los procesos valorativos del estado emocional y el contexto en que se produce. Mediante un experimento en el que inyectaba adrenalina a 210 sujetos, demostró que esto no era suficiente para sentir la emoción. Para que se dé la emoción, por tanto, deben darse los dos componentes, la respuesta fisiológica y el componente cognitivo.

Poco después, el fisiólogo Walter Cannon (1927), y un año más tarde su discípulo, el también fisiólogo Philip Bard (1928) afirman que las reacciones fisiológicas que acompañan a las emociones son las mismas, no produciendo respuestas particulares para cada emoción. Según estos investigadores, si nuestra emoción dependiera únicamente de los cambios fisiológicos seríamos incapaces de distinguir unas emociones de otras. La experiencia emocional y la activación fisiológica ocurren al mismo tiempo, y no una detrás de la otra. El cerebro percibe un estímulo, recibiendo la información desde los órganos de los sentidos hasta el tálamo, activando éste simultáneamente el hipotálamo, que activa a los músculos y vísceras y, por otra parte, la corteza cerebral, en la que tiene lugar la experiencia emocional, sin existir relación causal mutua. Estas ideas quedaron como la Teoría de Cannon-Bard, o Teoría Talámica de las Emociones.

Con la preponderancia del conductismo, se primó el estudio del aprendizaje sobre otros procesos. Se afirma que el conductismo supuso una era oscura en el estudio de las emociones y que en cuarenta años no hubo investigación al respecto; pero sí se pueden resaltar aportaciones importantes. Para Gendron y Barret (2009), dicha era oscura no existió en absoluto. De hecho entre 1900 y 1960 se publicaron más de cien trabajos sobre la emoción (Gendron y Barret, 2009). Además, el conductismo ha sido clave fundamental para muchos neurocientíficos que han estudiado las bases cerebrales de las emociones (Sander, 2013).

Para el psicólogo John Watson, las emociones son reacciones corporales ante estímulos específicos, en las que el elemento subjetivo apenas carece de valor. Watson propone que existen tres tipos de estímulos incondicionados que generan respuestas incondicionadas con cualidad emocional: el miedo ante situaciones aversivas; la ira causada por la inmovilización corporal; y el amor en respuesta a la estimulación de zonas erógenas. Sobre estas tres, por condicionamiento clásico, pueden generarse la mayor parte de las reacciones afectivas. De esta forma, estímulos inicialmente neutros, asociándolos a estímulos incondicionados, adquieren un carácter emocional. Watson y Rayner, mostraron las posibilidad de adquirir y suprimir el miedo empleando el condicionamiento clásico en los famosos experimentos con el niño Albert.

Más tarde, el gran psicólogo conductista B.F. Skinner propone que las emociones son fenómenos mediacionales entre estímulos y respuestas relacionadas directamente con la activación del organismo. Son predisposiciones de conducta o estados inferidos a partir de la fuerza o debilidad de una respuesta. Por su parte, H.B. Mowrer, en 1939, en sus investigaciones sobre el miedo, consideraba éste como un impulso aprendido por condicionamiento clásico, mientras las respuestas motoras se adquirían por condicionamiento instrumental, es decir, el cese del estímulo aversivo reforzaba la respuesta motora. En 1948, N.E. Miller demostró como una situación inicialmente neutra puede producir miedo por condicionamiento clásico, el cual es capaz de impulsar conductas instrumentales nuevas (evitación) para alejarse y reducir el estado displacentero. J. Taylor (1951), estudió la ansiedad, entendiéndola como una variable impulsora, capaz de producir efectos positivos y negativos sobre el rendimiento en función de las distintas situaciones. 

Partiendo de las ideas de Mowrer, los psicólogos Robert Rescorla y Richard Solomon (1967), desarrollan la Teoría Bifactorial que describe la interrelación entre el condicionamiento clásico y el instrumental. Los estímulos condicionados adquieren propiedades emocionales e informativas. En el condicionamiento clásico el estímulo incondicionado produce una respuesta visceral y motora específica, además de un estado emocional, cuya cualidad depende de lo apetitivo o aversivo del estímulo incondicionado y del tipo de condicionamiento (excitatorio o inhibitorio). Cuando en el condicionamiento instrumental la respuesta produce el cese de la recompensa (castigo negativo), se induce frustración, mientras que si se produce el cese de un estímulo aversivo (condicionamiento de evitación o escape), el estado emocional resultante es el alivio o relajación. El condicionamiento instrumental implica la adquisición de una respuesta motora, una expectativa y un estado emocional.

Con la revolución de la psicología cognitiva, las teorías sobre la emoción pasan a subrayar los procesos evaluativos que permiten el procesamiento de la información (tanto consciente como no consciente) en presencia de estímulos relevantes. Los estudios y modelos cognitivos se centran fundamentalmente en delimitar la secuencia causal entre emoción y cognición, es decir, si la emoción es un fenómeno pre o postcognitivo, si es posible la emoción independientemente de la consciencia y la voluntad (Martinez-Sánchez, 1998).

La psicóloga Magda Arnold (1960) acuñó el concepto de evaluación (appraisal). Fue la primera que propuso la primacía de los procesos valorativos situacionales en la aparición de la emoción, ubicando estos con anterioridad a la activación fisiológica y la posterior emoción. Las emociones son activadas por una cognición previa, que puede ser inconsciente, pero que puede hacerse consciente por la capacidad de la inteligencia humana de reflexionar. Definió la evaluación como la valoración mental del daño o del beneficio potencial de una situación. Las personas realizan continuamente valoraciones del entorno, y esas evaluaciones lo aproximan a lo agradable y lo alejan de lo desagradable.  Esa tendencia que conduce a acercarse a cualquier cosa evaluada positivamente o de alejarse de cualquier cosa evaluada negativamente es la emoción. Para Arnold, a diferencia de James, no es necesario que la respuesta ocurra para que el sentimiento surja.

En 1961, Raymond Cattell e Ivan Scheier, proponen la Teoría de Ansiedad Estado-Rasgo, en la que consideran que para definir la ansiedad de forma adecuada hay que tener en cuenta la diferenciación entre la ansiedad como estado emocional y la ansiedad como rasgo de personalidad. La ansiedad-estado, según Charles Spielberger (1972), es un “estado emocional” inmediato, modificable en el tiempo, caracterizado por una combinación única de sentimientos de tensión, aprensión y nerviosismo, pensamientos molestos y preocupaciones, junto a cambios fisiológicos. Por su parte, la ansiedad-rasgo hace referencia a las diferencias individuales de ansiedad relativamente estables, siendo éstas una disposición, tendencia o rasgo. Contrariamente a la ansiedad estado, la ansiedad-rasgo no se manifiesta directamente en la conducta y debe ser inferida por la frecuencia con la que un individuo experimenta aumentos en su estado de ansiedad.

Los psicólogos Stanley Sachter y Jerome Singer propusieron en 1962 la Teoría Bifactorial de la Emoción. Los dos factores se refieren a la activación fisiológica y a la atribución cognitiva. Es decir, las emociones son el resultado de procesos tanto cognitivos como fisiológicos. Según estos autores, el origen de las emociones proviene, por una parte, de las interpretaciones que hacemos de las respuestas fisiológicas y, por otro lado, de la evaluación cognitiva de la situación que origina esas respuestas. Lo que determina la intensidad de la emoción que sentimos es la forma en que interpretamos tales respuestas fisiológicas. Además, la cualidad de la emoción viene determinada por la forma en que evaluamos cognitivamente la situación que ha generado tales respuestas fisiológicas. Mientras la intensidad puede ser alta, media o baja, la cualidad es el tipo de emoción (tristeza, alegría, miedo,...). Sachter, años después (1972), amplia el trabajo proponiendo tres principios:

  1. Cuando la persona experimenta una activación fisiológica, inicialmente no sabe el motivo de esa respuesta, atribuyéndole una etiqueta a dicho estado, y describe lo que siente en relación a la situación de ese momento. La activación puede ser cualquier emoción, y le atribuye una etiqueta según la evaluación que hace de la situación que la ha generado.
  2. Cuando la persona tiene una explicación completa de la activación fisiológica que está sintiendo, no es necesaria ninguna evaluación cognitiva de la situación.
  3. Ante situaciones cognitivas iguales, la persona sólo si experimenta una activación fisiológica, las etiquetará como emociones.

En definitiva, quien no sepa a qué atribuirle su estado de activación fisiológica, buscará la respuesta en el ambiente que lo rodea. Y las emociones pueden variar en su intensidad según la interpretación que se haga de la situación que ha desencadenado la emoción.

La psicóloga Elizabeth Duffy, en 1962. influida por Walter Cannon, la Teoría del Impulso de Hull y el desarrollo de las técnicas electroencefalográficas, propone el concepto de activación o arousal, refiriéndose a los cambios fisiológicos periféricos emocionales. Describe la amplitud de cambios fisiológicos que van desde el sueño a la excitación extrema, que se manifiesta a través de indicadores somáticos, autonómicos y corticales. Considera la emoción como estados en los que la activación es excepcionalmente alta donde la conducta se dirige hacia algo (excitación), o excepcionalmente baja donde la conducta se aleja de algo (depresión). Vincula el incremento en la activación a un aumento unilateral en varios sistemas (SN central, SN autónomo y SN somático)Propuso una concepción unidimensional de la activación. La emoción supone la conciencia de los ajustes somáticos ante las demandas del entorno. Unos años antes, el psicólogo Donald Lindsley, en 1951, considerado pionero en el estudio de la activación psicológica, y que descubrió el sistema de activación reticular (se considera injusto que no le dieran el Nobel de Fisiología), estableció la relación entre los fenómenos psicológicos y su correspondencia electroencefalográfica. Pensaba que los estados psicológicos caracterizados por la máxima vigilia, la máxima excitación, la máxima vigilancia o alerta, la máxima emoción, se correspondían con los ritmos electroencefalográficos caracterizados por la mayor frecuencia o ciclos por segundo. De hecho, el ritmo beta y el ritmo alfa, que son los de mayor frecuencia, serían los característicos de la fase de vigilia, mientras que los ritmos theta y delta, que son los de menor frecuencia, serían los característicos de la fase de sueño. Pocos después de Duffy, el matrimonio John Beatrice Lacey, psicofisiólogos, cuestionarían el concepto unitario de la activación, afirmando que el arousal somático y conductual pueden estar disociados. Además, formulan el concepto de especificidad de respuesta individual, como un patrón o tendencia a responder a una amplia variedad de acontecimientos del entorno (Lacey, 1967).

El psicólogo Stuart Valins (1966), corrige a Sachter y Singer basándose en sus experimentos, llegando a la conclusión de que, para que la actividad fisiológica intervenga en la experiencia emocional, tiene que ser representada cognitivamente. Es decir, es la representación cognitiva de la activación fisiológica, y no la activación en sí misma, la que interactúa con los pensamientos sobre la situación para la generación de sentimientos (efecto Valins). Por contra, Sachter y Singer creían que el feedback de la activación es un buen indicador de que ocurre algo significativo, aún cuando no seamos capaces de comunicar exactamente qué ocurre. La cognición llena el vacío entre la especificidad del feedback físico y los sentimientos.

También en los sesenta, el psicólogo neoconductista Kenneth Spence, influido por Clark Hull, creía que el aprendizaje era el resultado de la interacción entre el impulso general (drive) y la motivación por incentivos. Un impulso o drive es la motivación que surge debido a la necesidad psicológica o fisiológica que debe ser satisfecha para recuperar el estado óptimo del organismo (homeóstasis). La reducción de los impulsos actúa como un reforzador de una conducta determinada. Este refuerzo incrementa la probabilidad de que el mismo comportamiento vuelva producirse si se da de nuevo la misma necesidad. Sin embargo, Spence, considera que existen diferencias individuales en el condicionamiento que son atribuibles a la intensidad de las respuestas emocionales (Kendler, 1967). Las personas se diferencian en la intensidad de las respuestas emocionales frente a estímulos aversivos, siendo los más emotivos quienes tendrían una mejor ejecución frente a estos estímulos, debido a su mayor nivel de impulso o drive. Spence realizó importantes aportaciones al estudio de la ansiedad y su capacidad energizante, así como en el desarrollo de instrumentos para medirla.

A principios de los años setenta, los psicólogos Paul Ekman y Wallace Friesen, siguiendo los principios evolucionistas de Darwin, trataron de demostrar que las expresiones emocionales y su reconocimiento eran universales y determinadas biológicamente, y no aprendidas socialmente, así como que cada emoción presentaba un patrón neurofisiológico específico. Estudiando inicialmente a individuos de varios países y de una tribu de Papúa Nueva Guinea, y creando después un procedimiento de análisis sistemático de los movimientos de la musculatura facial muy detallado, establecieron un listado de emociones básicas y universales de la especie humana (alegría, ira, miedo, asco, sorpresa y tristeza), que ha llegado hasta nuestros días. Este listado fue revisado por estos autores a finales de los noventa, incluyendo un amplio número de emociones. Otros destacados autores evolucionistas propusieron un número de emociones básicas distinto, como Carroll Izard (doce, evaluadas con su Escala de Emociones Diferenciales) (Izard, 1977, 1992; Cicchetti, 2015), o Robert Plutchick (ocho, divididas entre básicas y compuestas, con sus correspondientes cadenas o secuencias de los sucesos implicados en el desarrollo de cada emoción. Se hizo popular por su rueda de las emociones) (Plutchick, 1980). Otro psicólogo con ideas evolucionistas, Sylvan Tomkins (1962, 1963), afirmó que existen un número limitado de emociones agrupadas en dos dimensiones: positivas (interés, sorpresa y alegría), y negativas (angustia, miedo, vergüenza, asco e ira). Ekman ha sido duramente criticado por otros psicólogos y antropólogos, especialmente por sus ideas sobre el reconocimiento de la mentira. Estos intentos de elaborar un número limitado de emociones principales entran dentro de la llamada Teoría de la Emoción Discreta, idea originaria de Darwin, como hemos visto, siendo considerado Tomkins como el referente de la idea de emoción básica.

Los psicólogos neoconductistas Richard Solomon y John Corbit, en 1974, propusieron la Teoría de los Procesos Oponentes, que explica la interacción entre el estado afectivo y el aprendizaje. Se basan en la idea fisiológica de la homeóstasis (capacidad del organismo de mantener una condición interna estable) y, especialmente se inspiran en los procesos oponentes estudiados por Edwald Hering en la percepción visual (la activación de conos y bastones de forma antagónica. Cuando se activan unos se desactivan los otros). Llevando esta idea al ámbito emocional y motivacional, Solomon y Corbit, concluyen que cuando se nos presenta un estímulo que genera algún tipo de emoción (placentero o aversivo), con el paso del tiempo se nos genera una emoción antagónica a la primera para recuperar la homeóstasis emocional. La reacción emocional primaria, va perdiendo fuerza con el paso del tiempo, compensándose con la reacción opuesta. En esta teoría se han basado otros autores para dar explicación a fenómenos como la adicción y el duelo.

El psicólogo estadounidense Martin Seligman, en 1975, en relación con las emociones, propuso el concepto indefensión aprendida en base a sus experimentos con perros en laboratorio. La indefensión aprendida consiste en la percepción por parte de la persona de verse incapaz de evitar o escapar de una situación aversiva, de considerar que ya no hay nada que hacer, de no poder influir en evitar o atenuar la situación, resignándose con pasividad. Esto se da aunque objetivamente si que exista posibilidad de atenuar, evitar o escapar de dicha situación. La indefensión provoca tres grupos de déficits principales: motivacionales (apatía, inactividad), cognitivos (la expectativa de incontrolabilidad dificulta el aprendizaje posterior de controlabilidad), y emocionales, cuando la persona termina aprendiendo que no puede controlar el daño, el miedo disminuirá y será sustituido por depresión. Las personas que son expuestas a situaciones incontrolables desarrollan un incapacidad para cambiar su conducta, al esperar que los acontecimientos futuros serán igualmente incontrolables.

El gran psicólogo canadiense Albert Bandura (1976, 1986), en base a su teoría del aprendizaje vicario, propuso que la conducta emocional puede aprenderse observando las reacciones emocionales de los demás y sus consecuencias. El aprendizaje vicario emocional se da en dos procesos: la activación emocional vicaria, en el que las reacciones emocionales del otro, inducen estados emocionales similares; y las situaciones o acontecimientos que están asociados a esas respuestas emocionales son capaces de producir la activación emocional por sí mismos. Una vez se aprenden estas asociaciones, la mera presencia de esos contextos o situaciones provocan la respuesta emocional aprendida.

El psicólogo Richard Lazarus (1982, 1991, 1993), demostró claramente con sus experimentos que las interpretaciones de las situaciones influyen decisivamente en la emoción experimentada. Concluyó que las emociones pueden iniciarse inconscientemente de forma automática, o conscientemente; pero subrayó la importancia de los procesos de pensamiento y de la consciencia, sobre todo, al hacer frente a las reacciones emocionales una vez que estas se producen. Afirmó que la cognición es la condición necesaria y suficiente para la emoción. Considera la emoción como un fenómenos post-cognitivo. Constantemente estamos valorando el significado de lo que está ocurriendo para nuestro bienestar personal. Diferencia entre valoración primaria, que establece el significado de un evento y proporciona información sobre cómo nos puede afectar una situación o acontecimiento; y valoración secundaria, que nos informa de los recursos y habilidades que disponemos para afrontar las consecuencias del evento. Por tanto, las emociones no son el resultado directo de un acontecimiento o situación, o de la activación fisiológica, sino de las valoraciones que realizamos de lo que nos acontece. Nuestra experiencia, cultura, convenciones sociales, y principios éticos, influyen decisivamente en nuestras valoraciones. En la obra de Lazarus, es fundamental conocer la teoría del afrontamiento del estrés, que veremos en otra entrada.

El psicólogo social Bernard Weiner, en 1980, propone la teoría de la atribución de la motivación y la emoción, que es ampliamente conocida en el mundo académico, deportivo, laboral y clínico. Según este autor, el proceso emocional es un fenómeno que ocurre con posterioridad a la atribución. El proceso emocional sigue la siguiente secuencia: acción, resultado, atribución y emoción. Tras la estimulación del ambiente realizamos una valoración primaria relativa a sus consecuencias agradables o desagradables. Esto produce una primera emoción que es analizada sobre la base de sus consecuencias. Como resultado de esa atribución de causalidad emerge la emoción más elaborada que, posteriormente, ejercerá un papel motivacional sobre la conducta. Weiner propone las archiconocidas tres dimensiones de causalidad para explicar un resultado: 1) locus de control interno o externo, que explica donde está la causa del resultado, es decir, si es producto de factores personales o ambientales; 2) la controlabilidad, para diferenciar si las causas están bajo nuestro control o no; y 3) la estabilidad, es decir, si las cosas son relativamente estables o varían a través del tiempo. Del resultado de nuestras valoraciones en estas tres dimensiones tendremos una respuesta motivacional y emocional.

El psicólogo George Mandler (1984), propone la teoría de la evaluación-discrepanciasegún la cual la excitación fisiológica surge de la discrepancia percibida o de la interrupción de un objetivo o plan en curso. La excitación es vista como un estado fisiológico indiferenciado que subyace tanto a las emociones positivas como a las negativas.; siendo la cognición la que determina qué emoción se experimenta realmente (idea similar a Sachter y Singer). La excitación proporciona la intensidad del estado emocional y la cognición proporciona su calidad. Por lo tanto, un evento particular tiene una función dual en la que, por un lado, desencadena el estado de excitación y, por otro lado, proporciona información para el proceso de interpretación cognitiva. Aunque el enfoque de Mandler proporciona un paso adelante en términos del componente de interpretación cognitiva, la teoría comparte la debilidad de Singer y Sachter de que se basa en un único tipo de activación autónoma, lo cual no se sostiene hoy día.

Robert Zajonc, psicólogo de origen polaco, en 1980 cambió la visión cognitivista de la emoción. Con brillantes experimentos propuso que es posible crear preferencias, que son simples reacciones emocionales, sin ningún registro consciente del estímulo. Las emociones tienen ventaja sobre la cognición, ya que pueden existir antes que ésta, incluso pueden existir sin la existencia de ésta. La mera exposición a estímulos subliminales de los que no somos conscientes es suficiente para crear preferencias (efecto de la mera exposición). Si en algunas situaciones las emociones pueden estar presentes sin el reconocimiento del estímulo, el reconocimiento no es entonces una condición previa a las emociones. Zajonc, en su posición biologicista, consideraba que en su función de posibilitar la supervivencia las emociones necesitaban de un sistema de respuesta inmediato. Siendo esto evidente, se debería admitir la independencia entre emoción y cognición, e incluso, supeditar la cognición a la emoción en numerosas ocasiones. Estos hallazgos han sido constatados en numerosos experimentos. Por ejemplo, LeDoux ha demostrado la existencia en numerosas especies de vías neuroanatómicas desde el tálamo a la amígdala sin la participación de la corteza. Sin embargo, como también dice LeDoux, está demostrado que la cognición también puede darse de forma inconsciente, por lo que la cognición no se puede excluir del proceso emocional. La psicóloga social Phoebe Ellswotrh, afirma que Zajonc se queda sólo en la primera parte del proceso emocional, referida a la valencia, en la que no es preciso una valoración consciente, quedando una valoración posterior (capacidad de control, obstáculos, potencial afrontamiento, lo que admitió Zajonc años posteriores para emociones más complejas como las sociales (celos, orgullo,...).

El psicólogo neoyorquino Peter Lang (1979, 1985) propuso la Teoría Bioinformacional o modelo de procesamiento de imágenes emocionales, que ha tenido una enorme repercusión en Psicología, especialmente en lo referente a la naturaleza tridimensional de la respuesta de ansiedad. En ella afirma que la emoción es producto de la estrecha relación de tres sistemas de respuesta: los pensamientos (cognición), las reacciones psicofisiológicas y las conducta. Estos tres sistemas de respuesta no están sincronizados entre sí, pudiendo prevalecer uno sobre otro. Ante la presencia de un estímulo emocional se activa el triple sistema de respuesta, que queda codificado en la memoria en forma de proposiciones que se organizan en redes asociativas. Las redes proposicionales tienen tres tipos de información: la relacionada con los estímulos externos del contexto (detalles físicos, estímulos visuales, auditivos,...); la información almacenada sobre las respuestas manifiestas y encubiertas (verbalizaciones, la activación física, y la conducta); y la información cognitiva sobre el significado. La red proposicional puede ser activada por cualquier estímulo que contenga información similar a la almacenada en la red. 

Por su parte, el psicólogo Gordon Bawer (1981, 1994), estudió la influencia de la emoción sobre los procesos cognitivos, especialmente la memoria, el pensamiento y la percepción, teniendo un altísimo impacto en el conocimiento de las relaciones recíprocas entre emoción y las funciones cognitivas. De sus investigaciones hay una serie de conclusiones que siguen influyendo a día de hoy, como son: 1) las emociones actúan como filtro selectivo de la información que se percibe, prestándose más atención a los estímulos emocionalmente congruentes con el estado emocional; 2) la información que se aprende en un estado emocional concreto se recuerda con mayor facilidad cuando la persona se encuentra en un estado emocional similar (aprendizaje dependiente del estado); 3) el estado emocional influye tanto en los juicios o valoraciones respecto a la propia persona como de los demás. De sus principios se han derivado numerosas investigaciones que han dado lugar a teorías relevantes. Por ejemplo, se considera que cada emoción está compuesta por un nodo específico en la memoria, que está asociado a etiquetas verbales, conductas, cogniciones y eventos. Bajo un estado emocional concreto se activa su correspondiente nodo en la memoria, facilitando el recuerdo de sucesos, pensamientos, descriptores verbales, etc.  Cada nodo permite a su vez la activación de otros nodos a los que se encuentre asociado, así como se inhiben aquellos otros que no tengan ninguna asociación (Martínez-Sánchez et al. 1999).

En 1982, el psicólogo Jeffrey A. Gray propone uno de los modelos multidimensionales más aceptados sobre la activación. Sostiene que el sistema nervioso de los mamíferos consta de tres sistemas capaces de procesar tipos específicos de información: 

  • Sistema de aproximación conductual (BAS): un sistema de feedback negativo, activado por estímulos asociados al reforzamiento y cese u omisión del castigo (alivio no punitivo).
  • Sistema de inhibición conductual (BIS): activado por estímulos condicionados asociados al castigo, a la omisión o cese del refuerzo, así como a los estímulos novedosos.
  • Sistema de lucha-huida (SLH): responde a los estímulos condicionados e incondicionados aversivos.
Estos tres sistemas, junto con el subjetivo, se corresponden con tres niveles de análisis: conductual, neural y cognitivo.

El neurocientífico portugués Antonio Damasio (1994, 2010), cree que las emociones son un conjunto de respuestas químicas y neuronales que conforman un patrón distintivo, al que llama marcador somático. El procesamiento de la emoción depende del procesamiento de la información somática, es decir, la emoción implica unas aferencias desde el cuerpo, e implica también unas eferencias hacia el cuerpo, incluyendo en ambos casos los aspectos endocrinos y viscerales. Todos disponemos de una huella emocional que nos hace reaccionar, que nos influye a la hora de evidenciar ciertas conductas o de poner en marcha un determinado tipo de decisiones y no otras. Las emociones y los sentimientos son dos cosas distintas. Las emociones preceden a los sentimientos. Las emociones, para Damasio, pertenecen al cuerpo. El cuerpo sirve como base para las representaciones mentales, ya que el cerebro es una parte inherente, la más importante, del propio cuerpo. Después de las emociones llegan los sentimientos, los cuales ya tienen una relación más profunda con los pensamientos. Los sentimientos son la percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar y de pensamientos con determinados temas. Los sentimientos están íntimamente relacionados con una percepción y con la capacidad de ser conscientes de lo que nos pasa en el cuerpo. La consciencia de que nuestro cuerpo está de determinada manera es la clave de todo sentimiento. En este sentido, los sentimientos no son necesariamente productos de una emoción. Son un proceso más amplio que emergen de cualquier conjunto de reacciones homeostáticas, abarcando así todo aquello que se refiere al cuerpo. Damasio afirma que las emociones son una parte esencial en la toma de decisiones. La toma de decisiones depende, o está guiada, por cambios homeostáticos sutiles o evidentes que el cuerpo genera. Se actúa en respuesta a estímulos que, bien puede ser conscientes, pero que, la mayoría son inconscientes. La experiencia pasada va generando una respuesta en el cuerpo (soma), y queda grabada en la memoria. Así que, dicha respuesta, consciente o inconscientemente, regresa cuando hay una situación de características similares. El cuerpo, por sí mismo, envía señales traducidas en cambios físicos repentinos, inmediatos, que anticipan la toma de decisiones y, sobre todo, los posibles resultados de dichas elecciones, disminuyendo, en gran medida, la carga de trabajo en el posterior proceso racional. La experiencia es el medio a través del cual los marcadores somáticos se van adquiriendo. Estas experiencias están moduladas por dos aspectos: uno interno, que regula las preferencias personales y las respuestas psicosomáticas. Estas respuestas son de carácter innato y están dispuestas para que el organismo pueda sobrevivir, garantizar la preservación de un equilibrio homeostático. Y otro externo, basado en las relaciones interpersonales, los acontecimientos a los que el ser humano se enfrenta, las normas de la ética y las convenciones que cada sociedad tiene, y en las cuales el individuo se desarrolla. El individuo va construyendo un catálogo de estímulos y de respuestas, especialmente en la infancia y la adolescencia, que, aun cuando no sean conscientes, actúan en situaciones similares. Los marcadores somáticos, o bien funcionan como detonadores motivaciones para la acción, o bien como inhibidores y protectores del sujeto frente a un peligro real o imaginario. Son dispositivos inconscientes de predisposición. Sobre la hipótesis del marcador somático se han realizado muchos estudios a favor y en contra, sin un veredicto final. La hipótesis por sí misma, no es suficiente para sostener que el proceso de toma de decisiones se realice principalmente a partir de lo que sentimos (Morandin-Ahuerma, 2019). Al leer las ideas de Damasio es inevitable que te vengan a la cabeza las ideas del conductismo y de otras propuestas anteriores.

El gran neurocientífico Joseph LeDoux (1996), quien se interesó por las emociones por influencia de Michael Gazzaniga, con su noción de la vía superior y la vía inferior desde la amígdala (que veremos en la entrada sobre el cerebro emocional), expone la existencia de dos tipos de respuesta emocional que operan de forma paralela. Una rápida que es crucial para tomar decisiones que nos permitan la supervivencia, en la que los sentimientos conscientes son irrelevantes; y una vía lenta, en la que se realiza un procesamiento más profundo y completo de la información. 

A finales de los años noventa se produce el gran boom de la inteligencia emocional por obra y gracia del bestseller de Daniel Goleman (1995), tan exitoso como criticado desde el ámbito científico de la psicología, suponiendo el gran referente de la psicología popular y una gran desgracia para la psicología rigurosa por sus consecuencias desvirtuadas y popularizadas, que quizá ya no tenga arreglo, como ha ocurrido con otras grandes modas que se han demostrado sin fundamento. Por supuesto, los grandes defensores, con sus sesgos por bandera, hacen oídos sordos a los argumentos científicos que lo ponen en entredicho. La inteligencia emocional supone un eclipse que no deja ver nada más. Todo lo propuesto anteriormente o después, como exponemos en esta entrada, queda oculto tras la eclosión de la inteligencia emocional. La mayor parte de lo escrito sobre la supuesta inteligencia emocional, incluido en el ámbito de la investigación, es un batiburrillo inconexo, vago, mezclándose conceptos (personalidad, estilos de afrontamiento, habilidades sociales,...), con errores metodológicos de bulto que hasta los no expertos vemos, donde casi puedes meterlo todo y justificarlo. Por supuesto, también hay intentos rigurosos de darle cierta utilidad y rigurosidad al concepto; pero muchas veces ni los propios defensores de esas ideas desvirtuadas quieren verlos. Como no podía ser de otra manera, estos intentos de dar rigor son los que más se alejan de las concepciones del mundo de la empresa, del que provienen las visiones que más daño han hecho con la inteligencia emocional y con otros muchos conceptos psicológicos que han desvirtuado a sus anchas con tal de sacar beneficio. Por ejemplo, es sangrante el destrozo que han hecho desde el ámbito de la economía (caso mucho más sangrante si cabe que el de la inteligencia emocional), con el concepto funciones ejecutivas, considerándolas como capacidades no cognitivas, lo cual es un despropósito de proporciones bíblicas. Pero eso es otra historia.

<<Goleman ha ampliado la definición de inteligencia emocional hasta tal punto que ya no tiene ningún significado científico o utilidad. [...] Debería haber previsto todo esto y decir si la inteligencia emocional realmente existe >> 

John Mayer

<<El libro inteligencia emocional de Goleman es farragoso, reiterativo, y parece más un libro de autoyuda que un libro de neurociencia. [...]. La inteligencia emocional es una especie de cajón de sastre>>

Javier Tirapu

Los psicólogos Peter Salovey y John Mayer (1990, 1997), propusieron el concepto inteligencia emocional como la habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud, la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento, la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional, y la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual. En definitiva, es un conjunto de habilidades que se desarrollan con la edad y el entrenamiento, y que permiten mejorar la adaptación de las personas al ambiente desde el procesamiento de la información emocional. Consta de cuatro habilidades básicas que se relacionan entre sí secuencialmente: percepción emocional, uso emocional, comprensión emocional y manejo emocional. Es un modelo procesual y circular en el que cada habilidad aporta información a la siguiente para continuar el proceso y dar respuesta a una situación dada. Las fronteras entre cada una de las habilidades a veces son difíciles de delimitar, sobre todo, cuando el proceso se automatiza, ya que cada habilidad aporta información a todas las demás (Cabello y Fernández, 2019). Subrayo el término habilidad, ya que se considera como el referente de los modelos de habilidad de la inteligencia emocional.

Por su parte, el psicólogo Daniel Goleman, en 1998, propuso un modelo de la inteligencia emocional basado en competencias, que incluyen una serie de habilidades afectivas y cognitivas. Identifica cinco dimensiones de inteligencia emocional: tres en relación con uno mismo, que son autoconciencia, autocontrol, automotivación; y dos en relación con los demás, que son empatía y habilidades sociales.

Otro autor referente sobre la inteligencia emocional es el psicólogo israelí Reuven Bar-On, que propone su modelo de inteligencia emocional, definiéndola como la capacidad de entender y encaminar nuestras emociones para que estas trabajen para nosotros y no en contra, lo que nos ayuda a ser más eficaces y a tener éxito en distintas áreas de la vida. También las describe como el conjunto de competencias, herramientas y comportamientos emocionales y sociales, que determinan cómo de bien percibimos, entendemos y controlamos nuestras emociones. Y todas estas competencias, herramientas y comportamientos nos ayudan a entender cómo se sienten los demás y cómo relacionarnos con ellos, además de hacer frente a obligaciones, desafíos y presiones diarias. Describe quince competencias de inteligencia emocional que agrupa en cinco grupos: 1) componente intrapersonal; 2) componente interpersonal; 3) componente de adaptabilidad; 4) componente de manejo del estrés; 5) componente del estado de ánimo general. Además, Bar-On construyó el Inventario de Cociente Emocional.

Por otra parte, los psicólogos Konstantinos Petrides y Adrian Furnham (2001) proponen el Modelo de Inteligencia Emocional Rasgo, que incluye varios rasgos de personalidad como la empatía, la impulsividad y la asertividad. También crearon un instrumento de medida de la Inteligencia Emocional Rasgo: el TEIQue (Trait Emotional Intelligence Questionaire).

El término inteligencia emocional, o términos muy parecidos y relacionados, ya había sido propuesto por otros autores, como el psiquiatra psicoanalista Stanley Greenspan (1989); el psicólogo Wayne Payne (1985), que lo definió como un proceso consciente de resolución de problemas emocionales (no como una capacidad cognitiva), el psicólogo Howard Gardner (1983), y su inteligencia personal (intrapersonal e interpersonal); el filósofo Xavier Zubiri (1980), y su inteligencia sentiente; o incluso anteriores como Michael Beldoch (1964), Bárbara Leuner (1966), o el mismísimo Edward Thorndike (1920), y su inteligencia social para motivar a las personas. La aplicación de la teoría de la inteligencia emocional llegó a la educación, principalmente con obras como “La inteligencia emocional de los niños” del psicólogo infantil Lawrence Shapiro, en 1998 (Bisquerra, 2000).

Como he comentado, el concepto inteligencia emocional ha sido criticado con gran dureza por numerosos investigadores por su falta de respaldo empírico, con los que estoy de acuerdo en su mayor parte; pero que por no hacer eterna la entrada se puede tratar en otro escrito más adelante (Puedes ver, por ejemplo, Matthews, Zeidner y Roberts, 2002; Zeidner, Matthews, y Roberts, 2004; Matthews, Roberts y Zeidner, 2004).

Dejando de lado la dichosa inteligencia emocional, el psicólogo James Gross (1998), destacado psicofisiólogo y figura referente en el estudio de la regulación emocional, describe la secuencia de acontecimientos que ocurren cuando se genera una emoción y señala las áreas cerebrales que intervienen (este último aspecto lo expondremos en una entrada posterior). Según este autor, la emoción se inicia con la percepción de un estímulo (sensación o interocepción, pensamiento, o un estímulo externo, como una expresión facial, gesto, evento, acción). Los procesos atencionales se ocupan de esa información y sus atributos y continúan con su procesamiento, o ignoran esa información e inhiben el proceso. Como consecuencia se dan las valoraciones positivas o negativas y las respuestas emocionales específicas. Por último, se producen los cambios en la experiencia, la conducta expresiva y la activación fisiológica autónoma que configuran la emoción. Define la regulación emocional como un intento automático o deliberado de influenciar en las emociones que acontecen, y cuándo o cómo conviene experimentarlas. Abarca cambios o ajustes en uno o más de los procesos o elementos que configuran la emoción. Puede ser inconsciente y automática, o consciente e intencionada.

Dentro de la visión evolucionista de las emociones, la psicóloga y bióloga Leda Cosmides y el antropólogo John Tooby (su marido), en el año 2000, sugieren que las emociones son un programa general que dirigen los subprogramas cognitivos y sus interacciones. Una emoción no se reduce a ninguna categoría de efectos, como los efectos sobre la fisiología, las inclinaciones conductuales, las valoraciones cognitivas o los estados emocionales, porque implica instrucciones coordinadas y evolucionadas para todos ellos juntos. Una emoción también implica mecanismos distribuidos a lo largo de la arquitectura mental y física humana. 

Según Mary L. Philips (2003), psiquiatra, la percepción de la emoción pasa por tres procesos con sus correspondientes correlatos neurológicos:

  • Identificación de la información ambiental emocionalmente relevante.
  • Generación de la experiencia y conducta emocional apropiada en respuesta a la estimulación.
  • Regulación de la experiencia emocional y la conducta.

Para finalizar esta entrada, la psicóloga canadiense Lisa Feldman Barret (2006, 2017), destaca dentro de las teorías construccionistas de la emoción, que sostienen que la emoción emerge de la cognición, moldeada por nuestra cultura e idioma. Los modelos construccionistas psicológicos son similares a los modelos de evaluación en que ambos consideran la emoción como un acto de creación de significado. En la mayoría de los modelos construccionistas psicológicos, el énfasis está en hacer significativo un estado sensorial o afectivo interno: una emoción emerge cuando el estado interno de una persona se entiende de alguna manera relacionado con la situación o causado por ella. El significado puede ser instintivo, o resultar de algún proceso adicional como la categorización o la atribuciónEn el enfoque de evaluación, por el contrario, es la situación, no el estado interno del cuerpo, el objetivo del análisis del significado; Se supone que los cambios de estado interno resultan de este análisis de significado y lo reflejan. Al igual que los modelos de evaluación, muchos modelos construccionistas psicológicos tratan las emociones como estados intencionales (Gendran y Barret, 2009). Lisa Barret afirma que las emociones son conceptos creados por el hombre que emergen a medida que damos sentido a la información sensorial del cuerpo y el mundo. Primero formamos una representación mental de los cambios corporales, a lo que llaman afecto central (core affect). Esta representación se clasifica después de acuerdo con las categorías de las emociones basadas en el lenguaje. Estas categorías varían según la experiencia y la cultura de la persona, por lo que no existen criterios empíricos para juzgar una emoción.

En la actualidad, gran parte de la comunidad científica está de acuerdo que las emociones tienen una raíz biológica, permiten la adaptación y la superviviencia en situaciones comprometidas, además de, en el caso de los humanos, suponer una forma de relación interpersonal dentro de un grupo o colectivo (Acosta, Doallo y Gaitán, 2016). La mayoría de los investigadores y teóricos tienen un concepto de emoción en términos de sus procesos componentes. Las emociones tienen un carácter episódico y están mediadas y acompañadas de procesos de valoración (appraisal), cambios corporales, tanto centrales como periféricos, tendencias de acción y elementos motivacionales, aspectos expresivos e instrumentales, y por la propia experiencia emocional. El modo en que deben covariar y relacionarse estos componentes es un asunto controvertido, yendo desde los que están convencidos de que los procesos cambian de manera sincronizada, hasta los que afirman que son independientes entre sí; pero todos forman parte de la emoción. Parte de estos procesos son involuntarios, automáticos e inconscientes, especialmente en los momentos iniciales, completados con otros más elaborados, intencionales y reflexivos (Scherer, 2005; Acosta, Doallo y Gaitán, 2016). En conjunto, las principales teorías de la emoción reconocen la existencia de cinco componentes: 1) valoración; 2) expresión; 3) reacción autonómica; 4) tendencia a la acción; y 5) sentimiento (Sander, 2013).

<<Uso el término emoción como un concepto paraguas que incluye cambios afectivos, cognitivos, conductuales, expresivos y una gran cantidad de cambios fisiológicos>>

Jaak Panksepp. Psicólogo

En esta entrada hemos hecho un repaso general sobre las principales aportaciones al estudio de las emociones, donde se ven reflejadas las perspectivas fisiológica, conductual y cognitiva, a parte de las propuestas de la inteligencia emocional, que tanta aversión personal me producen en cuanto al concepto en sí de inteligencia, más que de una capacidad o habilidad (lo reconozco); pero de eso intentaré escribir otro día. El repaso se queda incompleto, ya que el crecimiento en el estudio de las emociones ha sido exponencial, especialmente en las últimas décadas con la moda emocional y la consiguiente mayor financiación de proyectos de investigación. Además, ya es suficientemente extensa esta entrada como para hacerla todavía más. Aún así, se exponen las principales aportaciones. Faltan las aportaciones relacionadas con la perspectiva social, así como las aportaciones realizadas desde el psicoanálisis (estas no las pongo por su carácter acientífico), y dejamos para una entrada específica las relacionadas con el cerebro emocional. El estudio de las emociones es muy complejo, quizá de lo más complejo que exista, aunque los intentos por dejar de lado la subjetividad han sido grandes, quedando aún mucho por conocer. Como se podrá comprender, el estudio de las emociones en Psicología es algo fundamental, ya que todo problema psicológico tiene aparejado un problema emocional o las emociones son la causa misma, además de ser indispensable conocer la relación entre la emoción y su influencia en las capacidades cognitivas (atención, memoria, aprendizaje, percepción,...). Consideramos importante que, a pesar de su complejidad, es necesario conocer las bases del estudio científico de las emociones para no dejarse convencer de las incorrecciones de la psicología popular que tanto daño hacen, dejándose engatusar por ideas simplonas de MrWonderful tan en boga hoy día. Espero que sirva de pequeña aportación para prevenirlo.


Para saber más y mejor:


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